Cinco Cervezas Más | Kovacs

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El desencanto, como la entropía o la China, nunca devuelve territorio que ha tomado. Por eso, ahora que salen mas quejas que obras de los talleres de artistas miamenses ya-no-tan-jóvenes-y-codiciados, me parece que se solidifica el potencial para que aparezca Cinco Cervezas Más, secuela de la mordaz y despiadada misiva que Juan Abreu nos envió en el 2004. (Por lo menos, le veo segunda parte a la diatriba sobre el mundillo del arte.) Miami se presta para ello. Aunque cambia, no puede deshacerse de su condición de mierdero. Los sabores y los colores serán otros, pero el estiércol sigue siendo estiércol. Solo porque los granos de maíz le ponen lindas pecas al mojón, no lo convierten en una cosa fundamentalmente distinta. Sigue emanando sus vapores.

Y también, con cierta pena, hay que admitir que los protagonistas de Abreu todavía dan para más. Si trasladamos la acción de los años 90 al 2002, con la bomba de Basel ya estallando, algunos de los conmovedores desgraciados que habitan Abreulandia siguen hoy día jugando un papel siniestro en nuestro pueblecillo de playa, nuestra vereda tropical, como la llama un poeta que anda por ahí en chaleco de safari, revelando, como diría el mismo en su tono pomposo, -que se adentra sin querer en la parodia-, que él es un cazador de metáforas. (O nuestro “ghetto,” como le dicen los fariseos que nos visitan de vez en cuando.) El despreciable George el Dealer, mercader leproso, en el fondo sumiso y miserable, sigue en su estafa, aunque ahora tiene todo un nuevo teamcito de artistas subnormales y lameculos para explotar. Rosa Roswit sigue con sus aires de marquesa criolla, de hija de familia real de provincia, aunque ya no sea la anfitriona de fiestas decadentes en su cubón estéril de Key Biscayne. El insulto de la vejez le ha puesto fin a eso. Juanito el Chamán y El Santero siguen por ahí, pero estos días mas en el background, presencias ominosa, como grises nubes estancadas que anuncian tormenta, devastación, Apocalipsis.

Pero hay también toda una nueva corte de personajes venenosos y despreciable que merecen unas cuantas páginas de esas que el odio escribe: Ned y Reba Havell, coleccionistas arrogantes y según especulan los envidiosos, procreados en consanguinidad. Esta es la indiscutible causa de sus rasgos físicos porcinos y risitas de marrano retorcido. Silvana Rapiña y Honey Blackwater, “curadoras” tan invertebradas que siempre se desploman ante la presencia del dinero. Kevin Crook, consumidor de pildoritas que lo mantienen en nota perpetua y la joven competencia y encaprichamiento romántico de George el Dealer. (Si, George el Dealer descubre nuevas “tendencias” después de que su pobre esposa, Annie, desapareciera de la escena. Una sobredosis acabo con ella, comentan los que saben, aunque pudo ser una de sus intensas sesiones auto eróticas, la fricción llegando a tales velocidades y temperaturas que la pobre Annie se combustionó espontáneamente, como suele suceder de vez en cuando con los masturbadores compulsivos.)

Todo esto y no hemos llegado todavía a la manada de monos lameculos que producen las heces “artísticas” que esta gente maneja: el Bass (no la trucha si no el pajarito desnutrido de espuelas obviamente afiladas) y la Fisherman (patapelua o Ícara, que sube sube sube y de pronto se da cuenta que las alas eran imaginarias); Rodrí el bufón, entretenimiento en la corte de los Havell y bien remunerado por su lealtad; el patético cuarteto de imbéciles equivocados, arrogantes, reprimidos, de posiciones ambiguas y mala onda, llenos de mierda, compuesto por los nenitos mimados Cordopinga, Espinopinga, Gispertpinga y Morenopinga. ¿Cuántos no se me olvidan? Sin duda, aquí hay material de sobra.

Y para colmo, esta secuela seguro será escrita en el destartalado spanglish que Abreu (o su protagonista Gabrielito) tanto odia y por uno de estos biculturistas (o sea, turistas en dos culturas) que le producen indigestión, que lo hacen sentir como si le hubiesen hecho la colonoscopia sin lubricante y sin permiso, la sonda envuelta en granitos de arena como un cono de helado con sprinkles de chocolate. La anatema, imagínense, desarrollada en un “vocabulario” que incluye descabezadas aberraciones del lenguaje como vacunclinear y espresbuey. En el Dairy Queen, he oído hasta intrépidas conjugaciones del verbo esprinklear. Esta secuela será un escupitajo (no por despiadada y abrumadora, si no por abyecta, estúpida, mal escrita, confundida, morbosa, déclassé) hasta en la arrugada cara de nuestro nihilista tropical, celebrado espécimen sin duda en Barcelona, que siempre, -hay que decirlo-, cuida mucho ese papel muy suyo de, patético enfant terrible pasado de edad (y de moda), que escandaliza, si acaso, a tres viejas canosas de Moral Gables.

Lázaro Kovacs
Turner Guilford Knight Correccional Facility;
Miami, Florida. Mayo 2008.

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