Il Viaggio a Roma Sanguinosa | Salas

Cesar Beltran

Bosco María, Salustiano de Jesús, Bienaventurado de Borja y Cosme de la Misericordia se encontraron una húmeda y fría mañana de noviembre frente a la pomposa escalinata del contra-ábside de Santa María Maggiore con sus polvorientas sotanas azotadas por la ventisca del amanecer romano, las esclavinas ajadas, las pestañas y borlones de los bonetes deformados. Venían andando de la Estación Central. El bullicioso y babélico Termini, que era mucho más que raíles y destino de los trenes y que no cesaba nunca su actividad entre comederos baratos, buscavidas de poca monta, vocingleros de pensiones y mercaderías. Habían viajado toda la noche desde Ventimiglia, en la frontera, y antes, toda una interminable jornada desde Barcelona, huyendo de otras tentaciones y refugiados en la plegaria de un compartimiento de tren donde el aire era espeso y las tapicerías olían a rancio. Ahora, finalmente, podían empezar la compleja misión que les había sido encomendada semanas atrás en el convento de Torrelodones, un siniestro cuartel seglar de las afueras de Madrid que fungía como centro logístico de la Orden de las Espinas. Corría el año santo de 2053 y Roma, la Ciudad de las Siete Colinas, refulgía de devoción, doblar de campanas, peregrinaciones y vigilias interminables. La Iglesia vivía una resurrección para muchos tan inexplicable como milagrosa; los templos estaban atestados las veinticuatro horas del día (mucha gente vivía refugiada en ellos acodándose bajo los altares) y en las afueras de la ciudad florecían los campamentos de caridad donde se oficiaban unas misas tras otras al tiempo que se repartía un sopón humeante, una especie de consolación para todas aquellas gentes errantes y hambrientas. Las guerras y las migraciones habían rebotado con rara furia en las conciencias de las multitudes llevándolas a la ceguera de las liturgias, los credos y las más extravagantes devociones. Las manos de muchos inspirados sangraban espontáneamente, en los muros aparecían rostros virtuales y leyendas indescifrables; en el cielo, constantemente se creían entender señales luminosas como augurios apenas con el dibujo de una nube accidental, relámpagos de otras esferas que hablaban una vez más del fin de los tiempos del pecado sin otra resolución que volver a pecar, una catarsis dentro de la culpabilidad que ni siquiera estuvo descrita en los días de Gomorra.

Todo aquel caos creyente se vio propulsado por la cadena de milagros del Papa polaco, fallecido apenas dos décadas atrás a la edad de 109 años, y que ahora traía de cabeza a la Comisión Probatoria Vaticana, un organismo nuevo creado por las corrientes menos entusiastas de la Curia, pero adscrita severamente a la tutela del Santo Oficio Romano. Las presiones políticas y conciliares eran enormes; las luchas fraticidas entre órdenes, encarnizadas; las conspiraciones tras los retablos, escandalosas. Así y todo, la Oficina Central para los Protocolos de Beatificación del Estado Vaticano había admitido el expediente de Fray Maurilio de Las Espinas, un iluminado indígena del Altiplano boliviano al que el Opus Dei (ya entonces dueños de todos los bancos cristianos, de los satélites globales y de las televisiones) y sus doctores consideraban aún un intruso a medio evangelizar. Los Legionarios de Cristo Redentor iban más lejos, y calificaban a Fray Maurilio como “un perro traidor ex-comulgable”. Fray Maurilio y el difunto Juan Pablo II fueron íntimos amigos; el Papa le acogió en uno de sus viajes evangelizadores por América Latina, se lo llevó a Roma, lo instruyó y le dio poder (también se ocupó Maurilio esos últimos años de bañar el sagrado y casi inane cuerpo del Sumo Pontífice). Fray Maurilio enseguida comprendió el giro de su destino y engrandeció ese poder, lo alimentó con prebendas e intrigas; él también cerró los ojos al Santo Padre y le colocó sobre cada párpado una moneda augusta de oro  (un privilegio que tendría sus frutos y que se remitía a los ritos paganos cesáreos) y estimó entonces volver a España, donde había fundado antes una Orden seglar según los dictados fanáticos de su conciencia: ¡La Orden de las Espinas!, en referencia a los punzantes gajos bíblicos en torno a la cabeza de Jesús de Nazaret, llamado después El Jesucristo. Al ser iniciados, los seminaristas debutantes recibían como regalo una corona de espinas tejida por las manos de Maurilio; ellos debían conservarla y usarla en la soledad íntima de sus celdas para el automartirio. Cuando las espinas se rompían o sus puntas se hacían romas por el uso en la carne, eran sustituidas por afilados conos de plata que se insertaban en el cáñamo, de modo que siempre fueran capaces de punzar y hasta de herir sus frentes y sus sienes. A más uso, más elementos de plata en aquel particular cilicio, que poco a poco se convertía en una joya barroca  casi siempre de estilo limeño, pues las artesanas de los conventos eran de ese origen sudamericano. Los muchachos exhibían con orgullo sus cicatrices en las sienes, los lóbulos y la frente: eran algo más que una prueba de oración. Se trataba de la contrición más severa ante Dios y ante el prócer Maurilio.

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Los cuatro jóvenes sacerdotes maurilienses recién llegados a Roma debían convencer a la Comisión Probatoria, a la Congregación para la Doctrina de la Fe y al Alto Comisionado del Canon Santoral, de que Fray Maurilio, aún en vida (o casi), resaltaba de la realidad más vulgar con sus acciones milagrosas, que estaba inspirado o en estado de gracia, dirigido por la estela milagrosa de Juan Pablo II, para muchos, el último Papa santo, y que, por tanto Fray Maurilio era también un santo.

Pero, ¿Cómo estaba el mundo entonces? Una vez que Francia era de nuevo una monarquía (con un rey español: el anciano Luis XIX); en España la última guerra ceutí había acelerado la toma de Melilla por el Sultán de Argel, y la conversión de la plaza ultramarina en el Emirato de Mel-ill-ha (actualmente tutelado por el Imán de Granada: en realidad, todo sigue allí más o menos igual que en tiempos de Reconquista), lo que establecía un mapa geopolítico que acercaba peligrosamente a los infieles. Ya había ocurrido la tragedia del hundimiento del puerto de  Monte-Carlo en las percudidas aguas del Mediterráneo a consecuencia de los túneles marinos y otras construcciones fantásticas como teatros de ópera, delfinarios, un circo de escualos y la famosa Octopus Domus , enorme bañera de paredes de cristal arañada al mar para albergar a calamares gigantes (seres inteligentes que morían de depresión: lloraban, y su llanto era de fosforescente color morado); pues todo aquello se fue al garete por la ambición de seguir robando terreno al mar. En este panorama de la Europa meridional, sólo mantenida en paz por la Marina Vaticana (la Guardia Suiza había ampliado sus fueros y poderes, pero las fuerzas navales papales no osaron nombrarse como “Marina Suiza”, un contrasentido que habría sido el escarnio y las risas de todo el continente; además hacía ya tiempo que la Guardia Suiza utilizaba a muchachos conversos procedentes principalmente del Líbano y de la Persia “ritrovata”, del Irán cristianizado por la fuerza). Las bases y los barcos de la Marina Vaticana estaban en el Estado Libre Asociado de Venecia (la capital véneta había sido adquirida por Norteamérica tras un referendo popular). Así estaban las cosas cuando dentro de la religión católica comenzaron a florecer, como setas en un otoño lluvioso,  los milagros y las sectas. En realidad, ya en el siglo XVII había sucedido un fenómeno similar que dejó, entre otras cosas, la “Santa Teresa en Éxtasis” de Bernini (un rebuscado mármol), su brazo incorrupto en Ávila y una agenda de apariciones milagreras desbordada para siempre, además de un reguero de carmelitas descalzas que llegaba a las antípodas.

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A sus viejas y reglamentarias maletas de cuero, los cuatro jóvenes sacerdotes españoles sumaban, en agudo contraste, aquellos legajos modernos en severos baúles de aluminio que contenían un tesoro: los milagros vertidos en señales holográficas digitalizadas, que deberían desplegar y exponer en las tan esperadas audiencias vaticanas. Esta era solamente la parte visible de su misión; digamos, la más aparente. Los cuatro jinetes de la fe debían al mismo tiempo ir, como con los ojos vendados, hacia el cumplimiento de unos mandamientos terribles y oscuros, pero necesarios para la defensa de los intereses de su organización. Fray Maurilio, tras una larga misa agustiniana oficiada (de espaldas y en latín) en la capilla de Torrelodones, les había instruido en voz muy baja y en privado, uno a uno,  sobre las secretas misiones romanas que sólo ellos podían culminar.

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Las sucesivas muertes del Papa teutón, dos Papas negros y del Papa amarillo, habían devuelto por fin la Silla de Pedro a un italiano (en realidad, biznieto de emigrantes albaneses radicados en Lecce, cerca de Brindisi): Miroslav I, que no pudo cambiarse el nombre  ¾antigua costumbre pontificia¾ por las presiones del poderoso Triunvirato del Sureste (compuesto por el Reino de Albania, la reconstruida Yugoslavia (que había vuelto al mapa del general  Tito) y el Reino de Rumania (siempre enfrascada en guerras internas de castas bárbaras). Miroslav I quería frenar aquella ola de fe fanática que ya duraba veinte años y quería poner coto a las beatificaciones. De entrada, se negó a canonizar a nadie durante los primeros cinco años de su pontificado, con lo que la lista de espera del santoral se convirtió en un agitado y grave conflicto político. Pero la catarata de milagros del más variado pelaje no se interrumpió sino que encontró en la negativa del Santo Padre un acicate. Miroslav I empezó a ser visto en los círculos más conservadores, herederos del pensamiento de Monseñor Lefevre, del Padre Pío y de Monseñor Escrivá de Balaguer, como un hereje, o cuanto menos, a un liberal encubierto (la momia encerada de Juan XXIII había sido definitivamente retirada de la nave vaticana y ahora dormía arrumbada en un indigno sótano, cubierta por alfombras viejas: era lo que quedaba más o menos vivo del Concilio Vaticano II). Fray Maurilio entonces había decidido actuar para salvar lo que se pudiera de la Fe y del Poder, cosas que él interpretaba como partes de un mismo quehacer, de una misma naturaleza dogmática.

Pero…

Lo único que no había cambiado para entonces eran las emociones, el deseo, el impulso de la carne sobre la carne: las ciudades eran grandes burdeles donde la oferta del mercado del sexo era una gran industria llena de imaginación, la única floreciente además de los exvotos venidos de Asia (la cera modelada o la plata repujada en forma de brazos, manos, piernas, ojos o cabecitas de niños, habían sido sustituidos por el indigno plástico). El contraste era aterrador. De un lado el triunfo galopante de las “mil Gomorras” que ya le había anunciado Nostradamus a Catarina de Médicis; del otro, los defensores de una fe tan ciega como vibrante. Una lucha a brazo partido contra la lujuria era el motivo en todas partes de encíclicas, pastorales y romerías urbanas a medianoche, adentrándose en los barrios de latrocinio, rociando con agua bendita a los amujerados y a las prostitutas, a los drogadictos y a los detallistas de las más variadas mezclas químicas. Los sacerdotes entonces, y como siempre han hecho en secreto, maceraban en saliva y semen sus fantasías y viajaban en nombre del Redentor agotando discursos ejemplarizantes, castigos y anatemas, a la vez que follando animalmente. Nuestros cuatro héroes no eran una excepción y eran hermosísimos, salidos de la Palestra Conquense de la Orden de la Cofradía de las Espinas. Por donde pasaban ellos, beatas y mendigos, toda la feligresía, suspiraban anhelantes de una bendición o apenas una mirada compasiva de aquellos arcángeles redivivos o reencarnados de alguna batalla celestial: los muchachos inspiraban la deslumbrante admiración de lo perfecto. Eran verdaderos atlantes de la fe ultraderechista , porque Fray Maurilio, su jefe y guía, era el paladín fundador de la G. N. F. M. (Gran Neo-Falange Mesetaria), que se hacía retratar junto a mitrados y a generales en los actos públicos y especialmente en Semana Santa; había editado sus propios breviarios y revitalizado las costumbres del autocastigo corporal como única vía de expiación y perfeccionamiento. Todos los años, Maurilio y sus asistentes organizaban una espectacular romería al Valle de los Caídos (hoy ya catedral arzobispal), con un dramático auto de fe donde casi un centenar de muchachos semidesnudos procedentes de sus seminarios eran flagelados bajo la enorme cruz de piedra (llevaban complicados taparrabos diseñados según los que se aprecian en las tallas vallisoletanas de Berruguete). Fray Maurilio siempre estaba pendiente de la utilidad de los símbolos como todo buen fascista, y así estableció que todos los miembros de la orden llevaran bordados en la espalda de sus sotanas el yugo y las flechas a gran tamaño, en hilo púrpura con festonados de rafia amarillos y rojos (los colores nacionales; se evitó el uso del morado para que nadie tentara con tal combinación cromática el recuerdo muerto de la enseña republicana). La bandera y el pendón de la Orden eran negros, y sobre ese fondo, en su centro, una corona de espinas enmarcaba al yugo y las flechas. En las cuatro esquinas de la enseña había los clavos de Cristo, el Corazón sangrante de María, la Espada de Fuego del Arcángel Expulsor y el Cáliz del Milagro. Este mismo nudo de símbolos se les tatuaba en la espalda, con escarificaciones al relieve, al llegar a los 21 años.

Los jóvenes eran instruidos, tanto en el Cuartel de Torrelodones como en el Convento de Cuenca, en lenguas muertas, teoría cabalística, filosofía antievolucionista (el darwinismo estaba considerado suficientemente como pecado mortal grave y Woytila lo había prohibido en las escuelas desde el 2025), artes marciales y bordados de Brujas (eran los muchachos hábiles encajeros y sus blondas, las preferidas por Fray Maurilio para los roquetes), taxidermia y embalsamamiento, oratorias, liturgia pre-conciliar y cocina tradicional castellana: aquellos jabatos ensotanados preparaban como nadie unas alubias de puchero o unas migas de pastor.

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La llegada a Roma de los enviados era el colofón de una época y comienzo de otra. Así lo sentía Maurilio, con su sentido innato de la Guerra Santa  frente a su viejo mapa de Europa, con los párpados entornados y temblorosos desde su atalaya y así lo insufló a los jóvenes sacerdotes, muy distintos entre sí tanto por origen como por carácter, pero unidos por la fe. Una fe que no admitía fisuras y que podría calificarse de ciega; ellos sólo pensaban en cumplir órdenes inspiradas y en sus propios cuerpos, en la potencia de sus músculos entrenados. Además, estaban unidos por secretas experiencias de los tiempos del seminario, cuando la mayoría de ellos llegaba allí a tientas en busca de un horizonte desconocido, siendo unos niños azorados a los que solamente un furtivo abrazo nocturno calmaba el temblor de lo ignoto.

Bosco María era de origen cubano y el más locuaz. Escribía complejos y herméticos “haiku”: era un apasionado del Oriente. Tal era su encanto, que en la orden se habían hecho de la vista gorda ante su evidente pero muy ligero mestizaje para admitirle, pues era impensable que allí profesara un negro o alguien con sangre africana. Bosco era alto, de tez dorada y ojos brillantes como la miel temprana; su amplia boca, de insultante carnosidad, poseía una sonrisa capaz de serenar a un moribundo y su gran afición era la poesía japonesa: escribía esos enigmáticos “haiku” que luego, en la soledad de su celda, destruía al intuir en esa íntima lectura, que aquellas breves frases oscuras contenían todas sus flaquezas, sus más secretos instintos, su mácula. Probablemente creía que el fuego abrasando el papel conjuraba su instinto por encima del símbolo, ingenuamente confiaba en que aquellas llamas borrarían la fuerza de su deseo.

Salustiano de Jesús era donostiarra (su nombre de pila era Iñigo y cuando adolescente le llamaban “El Nachete”, pero Maurilio no quería saber nada de los Jesuitas o cualquier cosa que se los recordara) y fue quien más tarde encontró la vocación. Había sido trapecista, mujeriego y hasta modelo fotográfico y en él todo respiraba fuerza y nervio. De aquellos tiempos profanos, mantenía la costumbre de depilarse las piernas, algo de lo que se burlaban sus compañeros, que no llegaban a considerarlo una falta, sino un atavismo. Bienaventurado de Borja era catalán y analítico mientras Cosme de la Misericordia, representaba al hombre navarro: callado y tozudo, ancho de muñecas y tobillos, jugaba hábilmente a la pelota vasca, cortaba leños y cargaba piedras de competición. No podía saberse cual de los cuatro era más hermoso. Era precisamente esa conciencia sobre su belleza apolínea lo que los había unido. Sin saber muy bien por qué los cuatro iban juntos a las oraciones y al gimnasio, a las clases y a los comedores; algo se reforzaba entre ellos cuando tenían, mediante la presencia, la referencia unos de otros y así se miraban sin cesar; procuraron también que sus celdas fueran contiguas y Fray Maurilio, al corriente de tales espejos, les dejó hacer hasta que, con algún oscuro propósito, potenció más allá de lo aconsejable la intimidad de sus cuatro predilectos, que ahora llegaban a Roma un poco desorientados en su cansancio y ante el rumor de la gran Ciudad Eterna. Unos instrumentos electrónicos con pantalla táctil que llevaba Bienaventurado colgados del cuello a la manera de los antiguos escapularios, facilitó que les guiara hasta el sitio donde se hospedarían, una especie de sacro cuartel romano o embajada de la Orden desde donde iniciarían las misiones encomendadas por Maurilio. A pie, mientras la mañana gris se hacía bullicio solar, los sacerdotes se abrieron paso entre mercados y procesiones, sirenas y humo, hasta una iglesia cerca del río Tíber. El templo carecía de techo y estaba cerrado (entre lo sillares de diamante florecían hiedras y yerbajos), pero la casa parroquial adjunta había sido cedida a la Orden de las Espinas.

No tuvieron que abrir la gran puerta renqueante, allí les esperaba una pequeña mujer a todas luces también de origen andino, vistiendo el hábito de las cooperantes maurilias, una mezcla de uniforme de enfermera con misionera, y donde lo que destacaba era la toca blanca almidonada de lino en forma de cono invertido (la verdad es que parecía un aderezo faraónico sacado de una ópera posmoderna de Robert Wilson) con la espiral de espinas bordada en hilo negro. La mujercita casi enana los condujo al piso alto, atravesaron salones desiertos con mucho eco, hasta que les indicó sus aposentos, unas habitaciones que olían a humedad y abandono. Desde los descansos de las escaleras hasta los más remotos rincones, todo estaba lleno de suciedad y de botellas vacías de licor de San Serenin, ese mejunje excitante al que fue adicto Pio X; olía por todas partes persistentemente a láudano y almendras amargas. Después de trajinar ruidosamente en las cocinas, la cooperante andina desapareció sin despedirse. En aquel sitio no había nadie más. Los sacerdotes se quitaron las sotanas, y optaron por descansar en sus renqueantes catres de lona. Los colchones estaban llenos de manchas, pero las sábanas sí estaban muy limpias y planchadas, con algo de apresto que hacía más duro y áspero el lino sobre la piel fatigada. De las cocinas llegaba el olor de un potaje, pero nadie comió nada. Se oía el viento, que no había cesado en toda la jornada, y que ahora traía también, entre otros efluvios mundanos, el de la música electrónica zumbante junto a la canela y el curry de los exóticos tenderetes callejeros, una fritanga rumorosa que alimentaba miserablemente a aquellos miles de seres sin techo y sin destino.

Esa noche, Bosco María se despertó sudando,  lamentándose de algo inexplicable desde la costosa duermevela; salió a refrescarse a la terraza del fondo del edificio, la que apuntaba al río Tíber. Allí encontró a Salustiano fumando. Bosco se acercó y le tocó la amplia espalda fría donde destacaba el gran tatuaje verdinegro y con relieves.

– No debías fumar. A Fray Maurilio no le gusta que fumemos.

– Tampoco le gusta que nos toquemos ¾contestó Salustiano mirando la cálida mano ajena que no se le despegaba.

– De eso no estoy tan seguro. Anda, tócame tú. ¾ Bosco estaba desnudo, envuelto de cintura para arriba en la sábana de una manera casual, pero que en él se asemejaba a una ordenada clámide tallada por Canova y de la que asomaban sus torneados muslos y sus piernas potentes; los pies, anchos y cuadrados, sostenían todo aquel peso y toda aquella sangre.

– No puedo. Quiero, deseo tocarte con todas mis fuerzas, pero no puedo. ¡No puedo!

– ¿Qué te lo impide?

– Somos varones, somos cristianos, tenemos un voto. ¡Somos sacerdotes!

– Tendrás frío, ven… ¾ Bosco desenvolvió su cuerpo de la sábana y la extendió por la espalda y el cuello de su amigo, se sentó a su lado y pasó su brazo por aquella cintura contraída y también desnuda. El lino sonó como la queja de la vela de un barco ante un golpe de viento inesperado, se ahuecó antes de perder el fuelle y posarse lentamente sobre la piel de Salustiano que resopló vencido, como aceptando al quedarse sin aire en los pulmones la inevitable verdad de sus deseos. Ya entonces las dos pollas estaban hinchadas y latiendo como con vida propia. La de Salustiano, curva y gruesa tocándole el ombligo; la de Borja, recta y dorada, como una ofrenda húmeda y turgente. Se besaron con furia, se escupieron dándose con la saliva una credencial, una confidencia por encima de cualquier otro límite.

– Este viaje era también para que evitáramos esto…

– Salustiano, este viaje es el fin: ¿No lo ves? ¾ dijo Bosco, y le besó otra vez mordiéndole como un animal hambriento. Fue un beso largo y limpio a la vez que húmedo. Ellos cerraron los ojos y la cabeza de Salustiano se compuso, como en un molde perfecto, entre el cuello y el hombro de Bosco en un gesto de entrega y descanso que purificó el aire y cerró las dudas. La mano de Salustiano entonces fue hasta el pie de Bosco y se ciñó en torno al tobillo, bajó hasta los dedos, siguió el curso de las venas y del relieve en una suerte de caricia lenta y prolongada que hizo suspirar a ambos valorando y admirando aquella anatomía perfecta. El pene de Bosco goteó solo, agradecido, incontenible. Mientras Salustiano recogía la leche sin pudor y la restregaba en su garganta, los espasmos de Bosco dieron lugar a un lapso de vacío, de entrega.

*   *   *

La primera audiencia debía celebrarse en el mismo Vaticano, en una de las estancias llamadas de Rafael, que ahora era de nuevo privada y servía de auditorio a la Congregación de la Fe. Allí se había instalado una sillería moderna, pero claramente inspirada en las góticas, con cabida para una docena de cardenales y, más abajo, seis sillas de secretarios. Frente a ellos, una larga mesa con tapete amarillo y enseñas vaticanas. Sobre ellas, ya estaban los baúles de los hologramas prestos a desplegar sus imágenes insólitas, entregados días antes a los servicios de seguridad de la Guardia Suiza. Había poca luz, y los murales rafaelescos parecían quejarse de la penumbra, destacando esa figura masculina que escala un muro huyendo. También había serenas cariátides en grisalla y una predela donde se adivinaban escenas bíblicas.

Los sacerdotes maurielienses llegaron a las siete de la mañana, oyeron misa en la capilla del Receptor Pontificio y esperaron de pie en una galería que daba sobre el Patio de León X. Una hora después, un cura vicarial vestido de gris con ribetes purpurados los acompañó en un largo paseo por otras estancias silenciosas donde sólo se percibía el crepitar de pebeteros de incienso que esparcían un aromático humo azul. El Vaticano por dentro era ahora una gran tumba sólo animada por el rumor de los ropajes antiguos que habían vuelto a ser preceptivos: las largas sotanas con cola “a lo Borromeo”, las esclavinas de raso orladas de armiño, las capas pluviales bordadas, los palios y los discretos “soulier de satín” de estilo Mazarino, capaces de silenciar cualquier pisada (éstas también eran profusamente bordadas en Francia por encargo de la Curia). Los cardenales llegaron con retraso murmurando y con gestos severos de enfado. Era adviento, de modo que todos los detalles en la seda litúrgica eran verde esmeralda en amitos, brazales, cíngulos decorados o estolas. La “commedia” iba a empezar y los cuatro sacerdotes de Maurilio estaban temblando imperceptiblemente. La frente de Bosco brillaba de sudor; Salustiano se frotaba las manos hasta el punto que sus nudillos aparecían blancos y los otros dos, Bienaventurado y Cosme, apenas levantaban la vista del suelo parcialmente alfombrado. No estaban rezando, pero su postura podía hacer creer tal cosa.

La audiencia discurrió entre otros murmullos y en latín. Los hologramas se vieron con algunas dificultades técnicas (la cara de Fray Maurilio se duplicaba por momentos en la imagen luminosa, dando la impresión de ser una especie de monstruo mitológico que emitía ronquidos). También fueron entregadas las actas de los milagros y el donativo principal. Un cardenal muy anciano y con las sienes repletas de eczema le pidió a Bosco que repitiera un relato, algo sobre los rosarios cuyas cuentas se abrían solas como frutos de granada. Luego le hizo acercarse a su silla. Cosme se arrodilló, el cardenal extendió entre temblores una mano enguantada en raso bermellón hasta la mejilla del muchacho, le rozó y le dijo:

-¿Y si en vez de volver a España te quedas en Palacio? ¡Tu latín es perfecto! Me serías muy útil, muchacho…

-No puedo, Eminencia, pero le agradezco su confianza. –acertó a balbucir Cosme mientras tomaba con las dos manos el guante y besaba el anillo, un enorme cabujón de amatista tallado a la antigua.

-Ya lo discutiremos, ya lo discutiremos… hijo. –parecía como si el cardenal se hubiera dormido, pues cerró los ojos y metió la barbilla en el alzacuello plisado en gorguera.

Los cuatro muchachos salieron de allí blasfemando para sí, en silencio y con las mandíbulas apretadas, entre reverencias, genuflexiones y besamanos. ¡La presentación había sido un desastre!

-¿Pero qué pasa en el Vaticano? ¡Ese subdiácono me ha tocado el culo al salir! –dijo Salustiano con más perplejidad que ira. -¡Y luego me ha guiñado un ojo!

-Es que usas las sotanas muy estrechas, y eso te convierte en una provocación… de negro! –dijo Cosme. La carcajada de los cuatro inundó la columnata por la que avanzaban ya fuera del recinto, y varias palomas huyeron con mucho aleteo a su paso vigoroso. Los cuatro sacerdotes se volvieron a reír y fueron hasta el puente que se enfrenta al Castillo del Ángel, la imponente tumba circular del emperador Adriano. Lo cruzaron mirando el agua, el ritmo rápido y hasta cruel del Tíber, opaco y sucio como las entrañas de la ciudad y del mundo. Los cuatro, cada uno por su cuenta, pensaron en el emperador y en su amante bitinio, Antínoo, que había sido deificado por el dueño del mundo en un último e inútil arrebato de amor ciego.

Al llegar a la casa parroquial, la mesa estaba puesta y el olor del potaje era esta vez irresistible. Bienaventurado se fue a rezar frente al enorme crucifijo de la sacristía, donde alguien había colocado piadosamente cuatro reclinatorios sencillos y antiguos; Cosme subió a la azotea a fumar y a mirar la ciudad bajo aquel manto gris de polución y miedo. Bosco se puso a hablar con las dos cooperantes, que vertían vino blanco y rojo en unas botellas escanciadoras de cristal tallado, cortaban el pan en finas rebanadas y lavaban la fruta dentro de una pileta de mármol arcaico. Había ruidos pero al mismo tiempo silencio y Salustiano se tendió en su camastro después de abrirse la sotana negra hasta la cintura dejando ver esa cruz de pelo negro y brillante que empezaba casi en la nuez y acababa en el ombligo. Cosme entró en la habitación y le miró, observó cómo la luz destacaba sobre la carne limpia y con algo de una transpiración espesa y sutil que daba la turbadora apariencia de un esmalte.

-¿Qué miras? –dijo Salustiano con un brazo desgajado hasta tocar el suelo.

-Que no eres precisamente un Zurbarán. –contestó Cosme, y sin mediar palabra, se tendió sobre su compañero: -Eres el cura más bello del mundo; vamos a comer. –y le besó dos veces en la frente y en la mejilla al tiempo que le abrazaba sin fuerza.

Bosco y Cosme tenían otra cosa secreta en común: la pintura. Debemos precisar más bien, la pintura que fueron capaces de inspirar. En Madrid, ambos habían servido de modelos para varios cuadros de escenas bíblicas y evangélicas: Caín y Abel, Sacrificio de Isaac, la Flagelación de Cristo, Decapitación del Bautista, cuando Bonifacio Gallardo, un hiperrealista atormentado, pintaba en España a las órdenes de Fray Maurilio, que era quien escogía siempre los motivos y sugería quiénes debían posar para los enormes lienzos. Pero Gallardo, que era mexicano de origen, abandonó la congregación maurieliense y se instaló en Roma por su cuenta, donde seguía pintando para otros mecenas. Hasta aquí había arrastrado una gigantesca tela sin terminar: “El beso de Judas”, donde  Bosco y Cosme eran Jesús y el Iscariote respectivamente. Las figuras, en sombras, estaban casi terminadas, menos los ropajes y el fondo boscoso, que ahora recordaba esos cuadros de Leonardo resueltos a simples trazos y aguadas de aceite como si fuera todo ello algo accesorio y sin importancia con respecto al motivo central de la obra. Bosco ponía la mejilla de perfil, y Cosme fruncía los labios delicadamente acercándose al tiempo que con su brazo, ponderaba el hombro de Jesús, le rodeaba en una especie de lazo ineludible. Mientras los cuerpos de los dos hombres quedaban fundidos en una amalgama de túnicas tan pesadas como enigmáticas. Judas tenía un hombro desnudo y Jesús, dejaba ver un pecho luminoso, reflejando en su  carne de un púrpura casi sagrado. Había en el taller del ingrato Gallardo otro lienzo algo más pequeño y menos terminado: el San Sebastián, con Bosco atravesado por las finas flechas, curvado por el dolor y atado a un madero de gruesos nudos. Bonifacio Gallardo no quería dar por concluido jamás aquel San Sebastián que terminaba en arco de medio-punto y que con un brazo en alto miraba más allá del asaeteador.

El pintor recibiría por sorpresa en su estudio romano, esa noche, la visita de sus dos modelos de antaño. Bosco y Cosme entraron sin llamar en el zaguán de aquella casona romana, enfilaron la escalera del fondo y subieron hasta el ático, un amplio espacio rectangular con techo de cristal en una de sus alas, donde el asfixiante olor a trementina y aceites se mezclaba al de humedad y el betún de Judea. Bonifacio Gallardo estaba de espaldas con los espejuelos en la punta de la nariz, vestido con una bata sucia y unos pantalones de faena. Al sentir los pasos se volvió y alzó la mirada hasta el contraluz de la puerta. No era una aparición, sino un destino. Al verles entrar, ya supo que se trataba de un fatídico mensaje de Fray Maurilio, entendió algo que sólo se siente ante el arte supremo o ante la muerte inminente.

-Dejarme en paz, chicos. ¡Yo no he hecho nada malo! ¡Dios os bendiga!

-Serénese, Gallardo. ¿Por qué no termina los cuadros? Estamos ahí sin terminar de ser santos… –dijo Cosme con una socarronería manifiesta.

-Vamos a posar otra vez para usted… tranquilícese.

Y los curas se desnudaron velozmente, colocándose sin requerimiento alguno en la misma pose del gran lienzo, pero con un notable grado de excitación, rozándose. Después todo sucedió muy rápido. Los dos curas jóvenes ahogaron al decrépito pintor con una almohada costrosa. Después le mearon encima y le escupieron varias veces; follaron frente a él sin pensar que un muerto les veía. Cosme incluso se corrió sobre su frente ajada y muerta y le metió el cabo de un largo pincel por una oreja cuando creía que ya estaba cadáver, pero al llegar al cerebro el palo, las piernas del cura bailaron como las de un pelele.

*    *   *

Cosme, al otro día, se acercó a la villa donde vivía el cardenal Longoria y al aproximarse a la verja de la lujosa quinta en aquella mañana de últimos de otoño, extrañamente soleada y cálida, oyó risas de niños y un sonido inequívoco de cuando le dan patadas a un balón. En el jardín trasero había una merienda preparada para los muchachitos del coro de voces blancas. El cardenal y varios obispos estaban sentados en una especie de “gazebo” o templete alto de hierros forjados y toldos blancos que ondeaban con la brisa, lo mismo que las sotanas de los niños y sus simples roquetes sin bordar. Los muchachos jugaban distraídamente mientras el servicio colocaba una larga mesa con dulces de colores y altas jarras de vidrio veneciano con inocentes refrescos. Otro grupo de niños ensayaba un motete en el zaguán y las jaulas de pájaros se estremecían, motivadas las aves con las vocecitas de cristal y como si intuyeran algo más. Cosme, sigiloso, entró en el palacio, subió la escalera lateral y entró en una enorme sala de recibo donde, sobre unos largos bancos, estaban ordenados los pantalones y los calzoncillos de los muchachos. Entonces volvió a mirar al exterior y efectivamente, cuando el viento levantaba las sotanitas, dejaba ver que los niños casi adolescentes debajo iban desnudos, lo que rápidamente le trajo muchos recuerdos propios. Ahora un obispo tenía sentado en sus rodillas a uno de los niños y le ayudaba a leer una partitura (Monseñor Ballinas, etc…). Al fondo, varios de ellos meaban en grupo sobre los setos de hortensias tardías. En los pasillos de la villa había un enorme trasiego de curas y de cocineras que eran monjas, o de niños que subían y bajaban ruidosamente la escalera de la biblioteca, el sitio donde Cosme decidió esconderse y esperar. Tras la vidriera que daba al jardín, vio cómo el purpurado Longoria besaba los cabellos a un niño eslavo, rubio y resplandeciente, de unos doce años. Luego le ordenada suavemente que se sentara a sus pies, sobre un cojín del mismo color de su sotana, y el niño obedecía sin dejar de sonreir. La tarde transcurrió así, todos cantaron, y el niño rubio lo hizo solo, con los ojos semicerrados y las manos a la espalda; la saliva daba un tono fulgurante a su boca, de un rojo insultante y vital, claro, sin pigmentos añadidos. Después, todos besaron el anillo del cardenal y un gran autobús se llevó al coro. El cardenal fue a la biblioteca en busca de una copa de oporto; mirando el color rubí del vino, pensó de nuevo en la boca del niño sopranista. Ahora un silencio pesado y de gran contraste con la bulla anterior se dejaba caer sobre las gruesas puertas de madera dorada. Longoria se sentó en un gran frailero forrado de azul enfrentado a la ventana vidriera. Cosme, sin mediar palabra, se le acercó por detrás y le anudó su cíngulo al cuello comenzando a apretar sin prisa, sintiendo el crujir de las vértebras y los tendones de la garganta. El cardenal movió sus ridículos piececitos enfundados en las zapatillas de raso carmesí. Entonces Cosme se dio la vuelta mientras aún Longoria mantenía la conciencia y la piel de su cara se tornaba del mismo color de la sotana:

-Mírame, hijo de puta. Soy el niño del coro de El Escorial. Sé que me estabas esperando y que me recuerdas. ¿Te gusta esto también? –y le besó profusamente en la oscura boca arrugada, le dio un beso largo y místico hasta que sintió sobre sí mismo la expiración del cardenal. Entonces se volvió a colocar el cíngulo con esmero en los nudos preceptivos y salió sin hacer ruido. Antes, se bebió el oporto que el cardenal Longoria había dejado intacto.

*       *      *

Bosco, por su parte vagó hasta la parroquia de Santa Felicita. Entró raudo, pero contenido. No podía a veces dominar su musculatura, lo que le ordenaba. Fue al confesionario y se camufló en la percudida cortina. Cuando llegó el cura español, se metió en su asiento y abrió la ventanilla. Pero Bosco estaba inquieto. Se salió del reclinatorio lateral y le dijo:

-¡Chúpame la polla! –el cura español, del cual no interesa el nombre, lo supo enseguida:

-¡Te manda Maurilio…!

Bosco, sin responder, le cogió por las orejas y le hizo tragar su polla hasta más allá de la garganta. El cura empezó a tener arcadas, y de hecho, vomitó sobre la sotana de Bosco, pero eso sólo fue el principio. Y fue terrible. El cura español pedía clemencia y Bosco le torció el cuello en una hábil maniobra que crujió como un mueble viejo. El cura español sacó una larga lengua azulada y dejó un reguero de mierda y orín en el confesionario. Bosco se tocaba su polla tiesa y pensaba “¿y qué hago con esto?”. Como no estaba satisfecho, arrastró el cuerpo del cura español al patio y le abrió la sesera con un candelabro de estaño. Sonaba como un tambor, pensó, pero no me importa.

FINALE

“Probablemente no seamos justos, pero hemos hecho lo que teníamos que hacer”, se dijo Bosco mientras limpiaba la sangre de sus potentes manos con el envés de su sotana, arrastrando algo de los cabellos del muerto. Después, salió a la calle y huyó a lo largo del Tíber y en medio de unos silbantes y terribles vientos que levantaban las últimas hojarascas otoñales; iba balbuciendo, el labio inferior le temblaba y ardía, no recordaba el final de las oraciones, pero intentaba ocupar su miedo con el orar. Había oscurecido y habían también los sacerdotes españoles terminado sus letales encargos. Así, bajo unos sudores de enfermo, llegó Borja al viejo caserón algo rústico donde se hospedaban y que formaba parte de la sacristía de la iglesia abandonada y parcialmente sin techumbre.

Lo primero que se encontró Bosco María en el rellano de la escalera fueron dos alzacuellos mancillados con carmín y otras unturas; a pocos metros, una sotana rasgada con furia a través de las botonaduras, y tras la puerta entreabierta de la estancia que fue acaso comedor, los gemidos de Cosme al ser brutalmente sodomizado por su hermano de congregación, Salustiano de Jesús. Bosco sintió entonces dos intensas punzadas en su interior, una cercana al vómito y al asco en la garganta, y otra más abajo, el regodeo de un escozor que enseguida se transformó en rabiosa erección. Pensó que aquello no debía haber sucedido jamás, pero que, como en tantas otras ocasiones del pecar, los impulsos mortales ganaban la partida y ahí le vino una especie de placentero escalofrío, de conciliación o de precipicio al que debía abandonarse, una llamada interior que era un estallido de  su propia sangre donde el deseo suple cualquier otra consideración.

Sin pensarlo, Bosco se acercó al oscilante y rígido trasero de Salustiano al tiempo que se alzaba la sotana (en el ruedo de su prenda oscura, junto a la sangre seca, llevaba adheridas unas hojas y restos de tierra arenosa). Con torpe premura y sin preguntar, hizo lo que tenía que hacer de manera brutal, inmisericorde, sin lubricar el rosáceo culo del cura vasco, su compañero de oraciones desde la pubertad, se lo folló, sin atender al dolor del contrario. Cosme le miraba a los ojos implorando algo, aceptando su entrada “milagrosa” en el innoble acto, invitándole al desvarío más dulce.

Para facilitar las cosas, Salustiano abrió las piernas todo lo que pudo y Bosco sintió una especie de iluminación al ver cómo se deslizaba él mismo dentro de su amigo de toda la vida, en una especie de comunión tácita de la carne santa contra la carne maldita, juntándose así y milagrosamente materias diversas y enemigas, creando un nuevo misterio con el desvelamiento de otro. Cosme se agarró con fuerza a la tapa del viejo casullero de caoba donde se apoyaban para aguantar gallardamente el peso de aquellos dos hombres. Bosco tardó aún unos minutos en liberar su entendimiento del zumbido de la lascivia y ver por fin, al otro extremo de la estancia, a Bienaventurado tocándose sin pudor por sobre el hábito y dejando correr un hilillo de sangre de su fosa nasal derecha, la huella inequívoca de las drogas dejando escapársele la vida por la nariz.

Tras medrar en tantas sendas ajenas, los cuatro sacerdotes se convertían en héroes de su propio disfrute repitiéndose como una letanía: “Ni hay futuro ni estará Dios”, mientras otra voz ignota respondía: “Dios somos nosotros”. Contra todo pronóstico, lo que debía ser contrición se había transformado en vuelo. Estaba ya entonces amaneciendo y había demasiadas manchas que ocultar antes de partir. No estaban agotados, sino reencarnados en su esencia viril; pretendieron parar o contenerse en aquel exceso, pero una fuerza eléctrica y terrible salida de sus músculos y de sus pulmones les animaba a seguir un poco más. Las campanas de mil iglesias romanas empezaban ya con su extraña sinfonía matinal, una especie de eco discorde que golpeaba el aire en todas direcciones y que despertaba a las palomas enfermas. Fue Bosco el que primero se zafó del abrazo y se tiró cuan largo era en el suelo frío de mármol negro, su sexo brillaba aún erguido. Los otros tres curas le imitaron sin saber muy bien por qué en una coreografía superviviente, y así se tendieron sin orden sobre aquellas añejas losas cuarteadas con vetas blanquecinas. La escena, paradójicamente, recordaba ese momento de la consagración sacerdotal donde el iniciado debe permanecer en el suelo con los brazos en cruz.  La luz cenital desde un óculo de la cúpula comenzó a abrirse paso en aquella densa atmósfera de amanecer sin remisión y las respiraciones, azuladas y aún ansiosas, se fueron aquietando. Por la claraboya rota sin cristales entraron dos palomas que aletearon sin dirección, sin sentido. Desde el blanco techo abovedado, a vista de pájaro, la imagen del conjunto de aquellos escorzos desnudos parecería un desolador y tenebrista cuadro de mártires. Ellos lo eran.

Roger Salas
Roma-New York-Madrid,
Octubre 2001-Agosto 2004-Noviembre 2008.

NOTA: Este relato comenzó a ser escrito en Roma en el invierno de 2001 tras una visita a los Museos Vaticanos y años antes a Bomarzo con mi amiga Claudia Frederika Van Vinck, pero retoma circunstancias y escenas de un viaje a la ciudad 12 años antes en compañía de Jesús Castañar. Lo continué en 2004 mientras visitaba Villa Borghese con mis amigos Amelia Guardiola y José María Izquierdo: a todos ellos se lo dedico y entrego. La pintura del San Sebastián que se describe es la de Antonio del Castillo (c.1649) y el resto de los cuadros, remite a Caravaggio o a los caravaggistas de su tiempo. R.S.

Imagen: Cesar Beltran.